Crónicas de la Esclavitud. III.


 

 LOS BARCOS ESCLAVISTAS.


 Espeluznante, sería la expresión más adecuada para ilustrar el grado de abyección alcanzado por los traficantes, con el fin de hacer rentable la trata con los naturales africanos. Mientras en las bibliotecas de la abadías y los monasterios algunos iluminados pretendían preservar el pensamiento clásico de las culturas grecolatinas; hoy gracias a ellos parte fundamental de nuestro bagaje intelectual, que la escolástica oficial desvirtuaba bajo la patina oscura del dogma; los poderosos mercaderes de las talasocracias estructuraban, coligados con los monarcas de los nuevos reinos consolidados, tras dos siglos y medio de conquistas y reconquistas, el lucrativo negocio.

 En el caso de Portugal surge un personaje muy peculiar que, "tenia sangre de reyes, herencia de caballero templario y visión de comerciante", el infante Don Enrique el navegante. Con el Mediterráneo bajo el dominio de genoveses y venecianos,  a su reino; considerado el primer estado moderno, y a la España unificada, les quedaba para expandirse, el turbulento y temido océano Atlántico que, terminaría monopolizando; en compensación por los territorios de ultramar, tras su descubrimiento y la entrega mediante el Tratado de Tordesillas de la mayoría, a los Reyes Católicos, por el Papa valenciano Alejandro VI. 

 Sin discusión un emprendedor nato; como dirían algunos hoy día, con una inmensa riqueza, heredada y multiplicada con variopintos negocios, cuando culminaba la segunda década del siglo XV, se estableció y se dedicó a promover la navegación y el comercio marítimo, desde Sagres, al sur de la península ibérica. Con su impulso pronto se desarrollan y construyen nuevos barcos ligeros y veloces, y mediante estos descubren y conquistan los archipiélagos cercanos a las costas occidentales del África. Las carabelas portuguesas se hacen temibles también en el  este  del Mediterráneo y finalmente toman y saquean Ceuta, codiciada y asediada durante décadas por sus predecesores. Al estar los piratas sarracenos confinados a sus reinos, comienza la expansión lusa, sin contratiempos ni cortapisas y, en unos años se posesionan en cada isla encontrada, hasta las de Cabo verde. Fue la primera la que llamaron Porto Santo, luego Madeira, que encontraron deshabitadas y pronto colonizaron y convirtieron en su base de operaciones, desde 1420. El infante, en recompensa por su valor en la derrota de los infieles en Ceuta; al frente de la Orden de Cristo, versión renovada de los Templarios, fue nombrado  su gobernador.

 Desde allí comienza una campaña de saqueo que provee recursos para todos sus negocios, en especial el desarrollo de naos con mayor capacidad, adecuadas para transportar contingentes más grandes que, empiezan a incursionar en el interior del continente. La ligeras carabelas que podían cargar hasta 80 toneladas, pronto serán reemplazadas por una nueva versión que llaman redonda, con una capacidad hasta de 300. Gracias a estas controlan durante 130 años el "comercio triangular" que establecen tras el descubrimiento de los nuevos territorios. Este implicaría un renovado trafico de esclavos que con las innovaciones y, unos convenientes acuerdos con los grandes reinos del interior, se hizo muy atractivo para los mercaderes y sus socios capitalistas. 

 Para comienzos de la siguiente centuria, tras los hallazgos de Colón; asociados entonces con los españoles, enfrentan una fuerte competencia, con los holandeses a la cabeza, seguidos por belgas, franceses y, en la practica todos los interesados, que eran demasiados. Serian los ingleses, con su acostumbrado ímpetu comercial, quienes finalmente lo dominarían con sus "Guineamen". No obstante, por otros 300 años, portugueses y españoles traficarían en sus carabelas y galeones, personas hacia el caribe y los primeros, en la porción de la costa oriental suramericana que les fuera otorgada.

 Los anglosajones irían al norte con sus "barcos negreros"; grandes embarcaciones diseñadas y construidas con el propósito específico de transportar cientos de seres humanos esclavizados, secuestrados en territorio africano. Tal cual, así como suena. Los portugueses se fortalecerán en su porción de la selva amazónica que convertirán en el próspero Brasil, sosteniendo el imperio mediante el comercio y el trabajo de millones de esclavos, con la connivencia de las élites criollas. A comienzos del siglo XIX, Napoleón entronizado, puso en jaque a todas las potencias europeas, incluido Portugal que trasladaría la corte imperial a la pujante colonia. Seria el comienzo del fin de uno de los diez más influyentes y extensos imperios en la historia de la humanidad. Por tres lustros intentaron los poderosos sostenerlo, hasta que los criollos suramericanos decidieron seguir el camino de la independencia. El grito de libertad, igualdad y fraternidad que liberó al pueblo francés de la opresión, encendió las colonias de ultramar y sin excepción, una tras otra derrotó a  los colonizadores. 

 No obstante aquel perverso comercio triangular permanecería otro medio siglo. Grandes buques dedicados en exclusiva al transporte de seres humanos, continuarían aportando pingues ganancias a los traficantes. Los más grandes podían llevar hasta 700, y se calcula que en conjunto desde el descubrimiento, realizaron alrededor de 43.600 viajes con su carga inhumana. Creo que amerita unas cuartillas más, esta, en definitiva, espeluznante realidad.


 

 

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