Crónicas de la Resistencia. XXIII.

 

 ONIC.


 A lo largo y ancho del continente americano, de norte a sur; algunos apenas unos cuantos cientos de personas que, no alcanzan siquiera para un par de miles; los pueblos nativos que aun subsisten, permanecen en constante resistencia frente a una recurrente andanada de barbarie, de parte de los precarios estados de derecho, en las naciones en ciernes que tras la destrucción desplazaron a las suyas, muchas en su esplendor, tras el proceso de conquista y colonización por los extintos Imperios del viejo mundo.

 Sin ninguna excepción, con mayor o menor rigor, cada una a su particular manera, en las republiquetas resultantes de la implementación de brutales regímenes coloniales; que incluyeron la esclavización de los aborígenes y para evitar su extinción total, la implementación del infame negocio de la trata de personas, importándolas como mercancía del continente africano y, a continuación tras una falaz independencia, la improvisación de inanes estados de derecho, sumidos en recurrentes guerras fratricidas que aun persisten; sus élites, obtusas oligarquías sustentadas sobre las prebendas espurias recibidas por sus servicios a las coronas extranjeras, se niegan a reconocer el valioso legado que constituyen sus saberes ancestrales. En esencia, por que este reconocimiento implicaría, el de sus derechos sobre sus territorios usurpados.

 Quizás el caso más representativo, al sur de la frontera del Rio Grande que nos separa del norte opulento, sea el del inefable país del sagrado corazón. A pesar de la presencia confirmada, oficial y definitiva de 115 pueblos amerindios y algunos más que determinaron por si mismos permanecer aislados de la cultura occidental, la sociedad colombiana persiste en la imposición violenta de una supremacía blanca, con base en la obcecada negación de su ineluctable mestizaje. Aunque se pueden contar en los dedos de una mano algunas prosapias descendientes de los "grandes de España", muchos de sus ciudadanos, incluyendo buena parte de la gente de a pie, insiste en su "ilustre" ascendencia ibérica y persiste en el sostenimiento de un establecimiento putrefacto que, ha recurrido a la barbarie para mantener los privilegios ilegítimos de unas cuantas, apoltronadas en el poder político y económico para decidir el destino de las grandes mayorías, a su conveniencia.

 En nuestro caso, esa diversidad subsistió por factores geográficos, diría yo. Las altas montañas y las espesas selvas profundas, fueron santuarios para los pocos sobrevivientes de aquellas confederaciones en las que se desarrollaron estos pueblos que, resistieron a mediante sus costumbres y saberes ancestrales, pérfidas campañas de homogenización de la población, emprendidas desde la institucionalidad.

 Ya hemos reseñado algunos que, sobre los vestigios de sus culturas y amparados por las  nuevas normas constitucionales de 1991, reivindicaron en cierta medida sus derechos. Nunca pretendí abarcar todas las resistencias que defendieron la riqueza que significa esta diversidad, sería un tarea titánica, más allá de mis fuerzas y el tiempo que me queda sobre la Casa Grande. Quería conocer en la medida de lo posible y, dar a conocer las gestas denodadas que, ofrecieron con ímpetu en la época colonial aquellos que comprendieron el desastre que se les venia encima. Durante todo el siglo XVI se dieron estas luchas desiguales, movidas por la codicia de los invasores y el anhelo de los indígenas de permanecer en sus territorios.

 Al día de hoy en virtud de los  esfuerzos  de algunos grandes líderes, entre los que sobresale, sin ser el único, Manuel Quintín Lame, sus descendientes que representan según cifras oficiales alrededor del 4.4% de la población del país, están unidos, en medio centenar de "organizaciones zonales y regionales" que conforman la Organización Regional Indígena de Colombia, adelantando importantes procesos de autorreconocimiento étnico, en aras de recuperar sus territorios, su dignidad y la relevancia indiscutible de sus legados ancestrales. Algo así como dos millones de personas que, fueron representadas y reconocidas con la escogencia de la nunca bien ponderada Aida Quilcué, para acompañar a Iván Cepeda como formula presidencial. Un gesto que quieren hacer parecer anodino pero, que en el trasfondo tiene un trascendencia fundamental en el camino a seguir, tras las reivindicaciones de todas las comunidades y colectividades denigradas, vapuleadas por décadas por esas élites estólidas, que regresan al poder manipulando otro títere con rabo de paja.

 Como progresistas, tendremos que estar atentos y dispuestos a todo para preservar los logros al respecto alcanzados por esta confederación que, han significado un aporte sustancial al movimiento, como participes del primer gobierno popular y pueden coadyuvar al regreso al poder en el futuro próximo.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Rincón del Mar.

A la izquierda.

Androides.