Crónicas de la esclavitud. I.
LA ESCLAVITUD.
Palabra que expresa la perfidia humana como pocas, define el "estado de una persona sometida a servidumbre forzada". Ha sido una práctica recurrente desde los comienzos de la "civilización" inherente a su desarrollo y al apogeo de las culturas. Aristóteles, alumno de Platón-quien fuera esclavo-sostenía que era un fenómeno natural. Así las cosas, en la base de nuestra cultura occidental estaría la causa primera de una costumbre inveterada de nuestras sociedades, la explotación del hombre por el hombre. Y es más que obvio que de la mujer, aun hoy sometida a la ignominia, por la vigencia del funesto patriarcado. Hago la acotación que, considero innecesaria, para evitar suspicacias de tantos que tienen problemas de comprensión de lectura y de las feministas radicales que, seguro se sentirán discriminadas. Hablemos entonces de nuestra especie, de aquella parte de ella, vapuleada, estrujada por aquella otra erigida como su élite, a través de esta y muchas otras prácticas inhumanas.
El derrumbe de los antiguos imperios que subsistieron con base en la esclavitud, significó una transformación acelerada en la conformación política del viejo mundo. El romano, que se expandió mediante la guerra de invasión y el consecuente usufructo de los vencidos sobrevivientes a la barbarie; tras una crisis sin precedentes por el asesinato de su emperador a manos de algunos de sus oficiales, mercenarios codiciosos; terminó partido en dos inicialmente. Al este el Galo que intento unificar, Galia, Hispania y Britania sin éxito y al oeste el de Palmira. Ambos efímeros, sentarían las bases del sistema feudal que imperó durante el milenio conocido como el Medioevo.
En el occidente, los guerreros más feroces e implacables, de todas las provincias del imperio dividido, retornan a sus lugares de origen y consolidan baluartes para su defensa y la de los naturales, labriegos que subsistían cultivando la tierra. Sin control de autoridad alguna, la guerra por los territorios fértiles se convierte en la constante. Se encumbran los más despiadados, literalmente, en los lugares más altos e inaccesibles, obligando con la fuerza de las armas a sus habitantes a construir baluartes amurallados, donde se comprometen a protegerlos de los frecuentes ataques de sus enemigos, a cambio de su servidumbre; el nuevo nombre de la vieja condición de esclavos.
Levantan sus castillos y al lado, para albergar a los jerarcas cristianos; quienes coadyuvan a mantener el dominio sobre los pueblos a través de la nueva fe; abadías y monasterios, otorgándoles prebendas que los harán más ricos y poderosos que sus señores. Se apoderan de las tierras de labranza, de los bosques que terminan convertidos en sus cotos de caza, en los que prohíben su práctica y mediante esto, de la libertad de las personas, que apenas tendrán derecho a una precaria subsistencia, cultivando la tierra para mantener a los nuevos amos. Surgen centenares de feudos bajo su propia ley y durante un milenio, la guerra por el espacio vital será la constante.
La fe cristiana que pudo haber permitido la consolidación de naciones justas y sostenibles, por el contrario, sería el soporte ideológico del surgimiento de unos nuevos reinos, con base en la autoridad de un solo hombre elegido por Dios. Los obispos católicos enriquecidos con las prebendas de sus señores, estructuran una nueva clase dominante tras bambalinas que, pulula y conspira en los vericuetos del vaticano tras el trono papal. El Sumo Pontífice será quien determine en adelante, en retribución a la sumisión y a sus aportes a la causa, quien ha de reinar en las naciones. Entre conspiraciones y guerras transcurre medio milenio, hasta que unas poderosas talasocracias, dominando los mares y el comercio, que incluía la trata de personas, conquistan los territorios de ultramar.
Con base en la riqueza de estos, y en los ingentes recursos que proporciona el inhumano negocio, resurgen dos imperios que, tras el descubrimiento de América se repartirán el mundo con la bendición de la Santa Sede. En 1497 la España unificada de los reyes católicos y el reino de Portugal acuerdan el Tratado de Tordesillas que, una vez confirmado por el papa Julio II, en 1506, define sus dominios. Una vez más sería la esclavitud el motor económico del desarrollo de sus aspiraciones imperiales. Para entonces los portugueses traficaban con los cautivos africanos que cazaban en los constantes recorridos costeros por el continente y los conquistadores españoles con los nativos del caribe, hasta casi exterminarlos. Con la supuesta pretensión de proteger a sus súbditos, Isabel la católica, promulgó antes de morir una ordenanza que prohibía la abyecta práctica en sus territorios. No obstante, esta terminó enriqueciendo y fortaleciendo unas élites codiciosas que la usufructuaron por siglos. Veremos en algunas cuartillas, las funestas consecuencias para los aborígenes de las naciones africanas.
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