El Basilisco.                                                                                                                                                                                                                                                              

 La atávica barbarie desplegada hasta el último rincón civilizado de la nación por sus pájaros y chulavitas, le había allanado el camino al poder, después del gobierno títere de Ospina Pérez, pero no iba a permitirle ejercerlo y, desarrollar a plenitud su proyecto de restaurar la hegemonía conservadora. Su peor pesadilla, que había convertido en la pesadilla nacional, el basilisco, se fortalecía en los territorios más allá de la frontera agrícola. Amparados por la espesura de la manigua, en las selvas del sur se consolidaban los primeros ejércitos populares, surgidos de los reductos sobrevivientes de las movilizaciones indígenas y campesinas, arrasadas a sangre y fuego por el último gobierno de la fallida república liberal, en manos del designado Lleras Camargo, ante la renuncia del presidente López. Frente a la arremetida de la Unión soviética en la región, apoyando las movilizaciones populares y estructurando los partidos comunistas, al soberbio Laureano Eleuterio no le quedaba más remedio que replegarse a las exigencias del gobierno estadounidense, acogiendo sin restricciones su política de Seguridad nacional y, asumir la existencia de un enemigo interno.

 El comunismo, temido y aborrecido; inclusive acusado de haber conspirado para matar a Gaitán, era una presencia innegable en el panorama político entonces, organizando huelgas e innumerables movilizaciones, con los cuadros del Partido diseminados por todo el país. A pesar de haber despotricado sin reato de la conspiración judeo-masónica en cabeza del coloso del norte, de detestar públicamente el capitalismo anglosajón, tuvo que tragarse su orgullo y sus palabras, agachar la cerviz y servilmente poner su gobierno a los pies de los nuevos amos del continente. El Tratado Interamericano de asistencia recíproca, resultado de la IX Conferencia panamericana desarrollada en Bogotá, supeditó la soberanía de los países latinoamericanos a los intereses geopolíticos de la guerra fría. Como autócrata, terminó enviando tropas a la guerra de Corea para demostrar su sumisión.

 Posesionado por la Corte Suprema de justicia por estar el Congreso clausurado desde finales de mil novecientos cuarentainueve; con una Asamblea constituyente en sesiones, en su mayoría conservadora, dispuesta a legislar según los dictámenes de la Comisión de Estudios Constitucionales afín a sus propósitos de instaurar una república corporativista, como la que prosperaba en la madre patria bajo el régimen confesional del generalísimo Franco, se dispuso a concretar la reforma correspondiente. Contaba con el  influjo social  que ejercía su más firme aliado; el eminente filólogo hispanista, teólogo y pedagogo-además de acérrimo soldado de Cristo y defensor del corporativismo de esencia ibérica-, el sacerdote jesuita Félix Restrepo Mejía, paisa de pura cepa formado en las escuelas de La Compañía en Europa; para concretar su propósito de impedir el fortalecimiento de las manifestaciones sociales, el sindicalismo de izquierda, el liberalismo reformador masónico, las movilizaciones obreras, las gestas indígenas y campesinas en su lucha por la tierra, en fin, para cerrar los espacios al desarrollo de una concepción laica, pluralista y democrática del estado de derecho, en el país parroquial del sagrado corazón, que se abría al mundo tras el impulso de la revolución en marcha.                                                                                                

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