Crónicas de la Resistencia. XVIII.
TAIRONAS. II.
Los hermanos mayores.
Buscando preservar la armonía en las relaciones físicas y espirituales con la Madre Tierra, resisten al embate colonizador en la actualidad, cuatro pueblos supervivientes a la masacre de sus culturas, perpetrada desde el regreso del adelantado don Rodrigo de Bastidas en calidad de Gobernador, con la participación económica y los títulos correspondientes, otorgados por una capitulación de la corona, en noviembre de 1524. En contraprestación debían establecerse con 50 vecinos, algunos con sus familias y ganados, en un territorio de 80 leguas sobre la costa, desde el Cabo de la Vela hasta la desembocadura del Magdalena, descubierto por él cinco lustros atrás, sin limites hacia el interior. En aquel entonces pudo hacer intercambio comercial con los pueblos asentados y conocer la prosperidad y armonía en la que devenían en la Tierra firme.
Conocedor de su talante verdadero y, tal vez contrito por los abusos cometidos hasta entonces dos años después, intentó durante los meses que duró su gobierno, poner en cintura a sus coterráneos, exigiéndoles trabajar y fraternizar con los naturales, en cumplimiento de las nuevas normas para la colonización, de la Casa de Contratación. Unos pocos aceptaron seguirlo como pretendía, labrando la tierra y criando sus animales para ganar su sustento, los más, decidieron escoger el camino trazado por sus antecesores en la conquista. Mientras él, reforzadas sus tropas con indígenas sometidos, emprendía una campaña para reducir a los últimos rebeldes que, tras haber expulsado al funesto Pedrarias y al esclavista de Heredia, persistían en su empeño de liberar su territorio; su propio lugarteniente conspiraba con los descontentos, hasta que lo atacan a cuchilladas y lo obligan a buscar refugio en Santo Domingo, para sacarlo de en medio y saquear a sus anchas.
Nunca llegará a La Española; donde tenia títulos, familia y hacienda, aquel español que se percató de que quizás hubiesen logrado más con una integración pacifica con los aborígenes. Lo entendió tarde, el daño estaba hecho. La providencia, como dirían los buenos cristianos, le pasaría factura entonces, y moriría lejos de los suyos y sus posesiones, en Santiago de Cuba, en casa de una portuguesa que se compadeció. (Crónicas de la Ignominia XXXIX y XL)
En sus dominios en el continente, los pueblos desplazados resistirían otros 75 años, hasta que, comenzado un nuevo siglo una cruenta campaña militar organizada por otro bárbaro gobernador, un tal Juan Guiral Velón, con el refuerzo de 200 centauros acorazados y sus mastines, derrotó a más de sesenta caciques. Los vencidos fueron decapitados, descuartizados y finalmente expuesta la cabeza del principal en la plaza pública; se dispersaron hacia las altas cumbres los últimos guerreros y los sobrevivientes fueron repartidos en la encomiendas de la región.
Al día de hoy, Arhuacos, Koguis, Kankuamos y Wiwas, desde sus resguardos en el corazón de Aluna, la Gran Madre, a los pies del Gonawindua y el Aloglue, más arriba de la que llaman la linea negra; un limite artificial con el que pretenden frenar la tozuda colonización de campesinos desplazados de sus terruños por la infame violencia política que desde entonces persiste; apegados a la sabiduría de sus ancestros, despreciada por la ignorancia de tantos, nos ponen de presente a sus hermanitos menores, cuan equivocados estamos, insistiendo en el capitalismo salvaje que nos conduce a la extinción y la destrucción del planeta. Así las cosas, aquí y ahora me gustaría invitarlos a que diéramos una mirada, a sí sea somera, al trascendental hallazgo arqueológico que nos muestra vestigios de aquel esplendor y, apenas salió a la luz publica en la Provincia de Betoma. Allí nos vemos en la próxima entrega.
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