Crónicas de la Resistencia. XVI
EL GRAN ZENÚ. III.
La urdimbre.
"Hoy nos resulta difícil imaginar que registraba la mirada de un indígena Zenú en el primer milenio de nuestra era, trabajando en la conformación de canales y camellones, en una de las proezas notables de la ingeniería prehispánica en América." Álvaro Wills Toro. Grupo Gaia.
La metáfora del Tapiz del Gran Zenú no podría ser más elocuente, para evocar el eficiente y sostenible entramado urdido por esta cultura, con base en las reglas y preceptos concebidos e impartidos a sus hermanos, por un legendario Cacique de Zenufana. En las sabanas costeras entre los ríos que hoy llamamos Sinú, San Jorge, y entre el Bajo Cauca y el Nechí, estos gobernantes estructuraron unas sociedades armónicas con el entorno, Finzenú y Panzenú, que devenían sobre un ingenioso sistema de canales y camellones artificiales, permitiéndoles una eficiente y eficaz agricultura y, el transporte y comercio de sus productos agrícolas y artesanales; porque además fueron sublimes orfebres, notables alfareros y artísticos tejedores que interactuaron intensamente por dos milenios con los pueblos vecinos. Los arqueólogos han encontrado vestigios de cerámica que han datado en 6000 años, talvez la más antigua del continente.
Afirman estos investigadores que, 200 años antes de nuestra era iniciaron los primeros trabajos sobre la tierra, para que el agua fluyera y no destruyera, en la larga temporada de lluvias de la región. También que, cuando el Nazareno predicaba en Galilea, una plácida vida anfibia transcurría en el Zenú.
En Zenufana, en el piedemonte de las serranías de San Jerónimo y Ayapel barequeaban en los afluentes del Nechí y el bajo Cauca, oro en abundancia con el que elaboraban joyas y ornamentos para honrar a sus dioses en los templos de Finzenú, donde además veneraban a sus muertos principales en imponentes túmulos funerarios, en los que sembraban arboles que terminaban engalanados con campanas doradas. Por disposición del mítico señor, siempre fue una mujer quien tuvo el gobierno, desde aquel centro ceremonial, en los asentamientos a orillas del Sinú y se estableció en sus riveras parte del sistema hidráulico que, ocupaba también la extensa hoya del San Jorge regida por el cacique de Panzenú.
Cuando el esclavista Pedro de Heredia llegó a la primera provincia, encontró entre sus ruinas a la Señora Toto, la ultima de sus sacerdotisas, con unos cuantos sobrevivientes que resistían tras una cruenta batalla en los primeros tiempos de la conquista en la que, a pesar de haber aniquilado a los invasores, morirían la mayoría de los sobrevivientes a causa de las enfermedades consecuentes. Dice una anécdota de sus ancestros que, al ser requeridos los dos primeros caciques que encontró Martín Fernández de Enciso, para que se sometieren a la autoridad de su rey, por la gracia de Dios amo y señor de aquellas tierras, le mandaron a freír espárragos, agregando que, debía estar loco aquel señor que pretendía la tierra que pertenecía a todos.
Para entonces, los descendientes de los hijos de Manexka y Mexión; una población que los investigadores calculan en su apogeo cercana a un millón, ocupando en pequeñas aldeas, todo el territorio intervenido para el manejo del agua; por causas aun por definir, se había reducido ostensiblemente y ocupaban las sabanas altas, en inmediaciones de los cauces. Se especula sobre un devastador evento climático, quizás una gran sequia, y la subsecuente hambruna alrededor del año 1100.
Allí se desarrollaría una de las más crueles campañas de conquista, cuando desde el norte y el sur ingresaron las hordas de los Heredia y de Benalcázar y, aun en la colonia los guerreros Zenúes resistían la invasión. Los fértiles territorios desolados pasarían a manos de los invasores más connotados, en la figura funesta de las encomiendas, que al final sus descendientes transformarían en enormes haciendas ganaderas, desaprovechando el tesoro de ingeniería que tenían bajo sus pies del que todavía no se percatan.
En resumidas cuentas, del fabuloso y enorme tapiz apenas quedan jirones; pequeños cabildos dispersos que, tras décadas de lucha de las organizaciones indígenas, hoy tratan de aglutinarse y consolidarse institucionalmente en el resguardo otorgado durante la colonia por la corona española, del que solo poseen una porción menor, aunque existen escrituras de hace un siglo en la Notaria del municipio de Chinú, en Córdoba. Dignificados por el primer gobierno progresista hoy los herederos de este gran legado prehispánico, buscan reconstruir su valiosa cultura ancestral.
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