Crónicas de la Resistencia. XV.
EL GRAN ZENÚ. II.
Ley 89 de 1890.
"Por la cual se determina la manera como deben ser gobernados los salvajes que vayan reduciéndose a la vida civilizada."(Sic)
Por difícil que sea de creer, así tal cual dice el encabezado de esta pérfida ley que vio la luz, en el transcurso del mencionado año. Muy de acuerdo con el espíritu retardatario del proyecto de Regeneración Nacional; impulsado por la manguala de las oligarquías colombianas de entonces que, consolidó la tristemente célebre Constitución de 1886; cuyo mayor alcance fue la ampliación de la ciudadanía, hasta entonces restringida a los propietarios varones-, "...los hacendados eran al tiempo los representantes políticos de las regiones, pues solo votaban los varones blancos que sabían leer y escribir...", según afirma, la Comisión de la Verdad, con respecto a las causas de la lucha por la tierra.
Por ahora, en cuanto a dicho esperpento legal, diremos que sus temas principales fueron los asuntos relacionados con las Comunidades, los Resguardos y los Cabildos Indígenas. Agrega, en el artículo 1° hoy inexequible, para completar el exabrupto que: "..., el gobierno, de acuerdo con la Autoridad eclesiástica, determinará la manera como estas incipientes sociedades deban ser gobernadas."
Yo aun estoy anonadado, aunque esperaba algo así nunca me imaginé el alcance del desprecio que, las élites de entonces estilaban frente a la mayoría de sus conciudadanos que, en definitiva consideraban inferiores. En los resguardos; creados por el imperio en el siglo XVIII, para proteger las comunidades sobrevivientes, tras el fracaso de las encomiendas como mecanismo de control de la codicia y el desprecio por la vida humana y la autoridad real, de los peninsulares de toda laya; se habían asentado buscando su protección grupos variopintos de desposeídos, que disputaban con los indígenas las oportunidades de supervivencia. Las tierras productivas que encontraron al llegar, estaban a la sazón en manos de los herederos de aquellos voraces encomenderos, en un sistema de haciendas de franco talante feudal. Los pocos indígenas se hallaban dispersos entre campesinos blancos pobres, mestizos y grupos raizales, luchando con uñas y dientes por una parcela de su terruño ancestral para cultivar su sustento. Dijo, llegado el momento don Camilo Torres Tenorio, delegado de las colonias en la Junta de Cádiz, en su Memorial de Agravios al respecto: "Los naturales son muy pocos o son nada en comparación con los hijos de los europeos que hoy pueblan estas ricas posesiones."
Al momento de la independencia, a comienzos del siglo XIX, tras una década de confrontaciones armadas entre las élites criollas-el periodo que la academia ha denominado Patria Boba y que yo pienso, podemos extender otros cien años- parcializados en centralistas y federalistas; aunque cada uno solo defendía sus propios intereses, que nada tenían que ver con la construcción de una nación, si no más bien con la preservación de sus privilegios espurios; el pueblo de la Nueva Granada apenas era considerado algo más que carne de cañón, y lo sería por el resto de una centuria. Al final de esta, el 25 de noviembre de 1905, entre los rescoldos de la hecatombe que llamamos Guerra de los mil días, los herederos de la Regeneración promulgaron la Ley 55 que disolvió los resguardos que quedaban, decretó la vacancia y el remate de sus tierras, buscando acelerar la consolidación de "una identidad homogénea basada en el mestizaje, relegando las diferencias étnicas y culturales."
La idea era que solo fueran los arriba y los de abajo. Arriba aquellos que se creen aún dueños de tierras y gentes, cual si todavía fuéramos colonia de aquel Imperio Español que los enriqueció con sus prebendas espurias, del que anhelaban independizarse, pues entonces no eran tenidos en cuenta para las decisiones sobre su devenir, pero sin renegar de sus usos y tradiciones que consideran su herencia. En palabras del rebelde sin causa y sin remedio, a quien hoy entiendo, don Antonio Caballero: de un lado la "plebe insolente", y la "gente decente" del otro...
El asunto es que todos los "próceres" de nuestra falaz independencia, otra vez según Caballero, "Todos eran ricos propietarios de casas y negocios, de haciendas y de esclavos.", y ninguno quería nada más que el poder de manejar sus negocios a su propia conveniencia. De la gente de a pie, que ellos eran los de a caballo, solo se acordaron cuando hizo falta conformar nuevos ejércitos, y esto fue cada dos por tres durante décadas. Fueron cien años más de ignominia, esta vez de parte de las oligarquías apoltronadas en los poderes del estado, legislando y gobernando, si puede así decirse, para si mismos y en contra del pueblo soberano. Conocemos todos muy bien los resultados, un perenne conflicto y una nación en ciernes que apenas hoy podemos considerar posible. Como siempre los más perjudicados los pueblos indígenas que, aun tienen que luchar por la reivindicación de sus derechos.
Vamos ahora, en la próxima cuartilla, a conocer lo que podamos del precioso tapiz que fuera el Gran Zenú, que quedaría hecho retazos y, hoy tratan sus gentes de reconstruir.
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