Crónicas de la Resistencia. XIV.
EL GRAN ZENÚ.
"No se ha contado con el compromiso del estado en restituir el resguardo en su totalidad a sus legítimos dueños...El pueblo Zenú continua reclamando su derecho legítimo..." ONIC.
Es este, un aparte de la publicación digital de la Organización Nacional Indígena de Colombia al respecto, y hace referencia a un territorio de 83.000 hectáreas, que la Corona Española reconoció como el Resguardo Indígena de San Andrés de Sotavento, en mil setecientos setenta y tres. Era apenas menos de un quinto, de la extensa región que hoy sabemos, ocuparon los pueblos confederados en la llamada por la academia, Cultura Zenú. Dicen también los expertos que en medio de un intrincado tejido de caños, ciénagas, ríos y canales artificiales construidos y preservados por ellos durante un par de milenios, consolidaron bajo la tutela de un legendario Cacique de Zenufana, sus parientes principales, al mando de los cacicazgos de Finzenú y Panzenú, unas armoniosas sociedades agrícolas y comerciales cuyos vestigios aun deslumbraban a los conquistadores y colonizadores que, entraron por el río del Gran Zenú a comienzos del aciago siglo XVI.
Llegaron a impactar positivamente, con un inteligente y sostenible manejo de tierras y aguas, 600.000 hectáreas en su esplendor y, al penetrar los invasores; después de arrasar los asentamientos que encontraron a su paso en las regiones costeras, dispuestos a continuar en lo que llamaron Tierra Firme, lo mismo hicieron, en más de un centenar de prosperas localidades de los Zenú. Pedro Arias de Ávila, el funesto Pedrarias se dirigió a la América central y establece la primera Ciudad de Panamá mientras su tocayo, Pedro de Heredia estribará sobre las ruinas de los Calamary, con los botines saqueados en la región de Finzenú, el baluarte de la corona, Cartagena de Indias.
Al día de hoy, en el Cabildo Mayor del Resguardo de San Andrés de Sotavento, se cohesionan, según un censo de 2005, apenas un poco más de 200.000 de los descendientes de aquellas innumerables gentes; con seguridad millones, si tenemos en cuenta que los expertos calculan la población en el Nuevo Mundo, en tiempos de la conquista, entre 60 y 100 millones de habitantes en todo el continente; entre las poblaciones y el campo, la mayoría en parte del antiguo territorio en las sabanas caribeñas. Como todas las grandes naciones amerindias, sufrieron la drástica reducción de sus naturales y de su entorno sostenible, durante la invasión y la colonización y en el caso particular de nuestro inefable país de sagrado corazón, todavía en años recientes, su terruño ha sido usurpado por familias de las élites descendientes de los encomenderos que, aun defienden a sangre y fuego sus legados espurios.
Luchan al día de hoy los Zenú, por recuperar al menos el relicto decretado por la corona española que, a pesar de haber sido reconocido durante la patria boba por la Ley 89 de 1890, ha sido invadido paulatinamente desde entonces y, con más ahínco desde la promulgación y puesta en práctica de otra, aun más funesta, a comienzos del siglo XX. Ya veremos como reza y como afecta a las comunidades la Ley 55 de 1905, producto infame del regreso al poder político de la nefasta hegemonía conservadora y como a través de las luchas de las organizaciones indígenas, iniciadas e impulsadas por la gesta de su nunca bien ponderado líder, Quintín Lame, hoy se reconstruyen sobre la base de sus tradiciones ancestrales.
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