Crónicas de la Resistencia. XI.

 

 GUNA YALA. I.

 El fracaso de La Villa.


 Al día de hoy, al norte de Panamá, repartidas en tres comarcas conviven cuarenta y nueve comunidades del pueblo Guna, que aquí reconocemos como Kunas. Junto a dos resguardos en Urabá, los Dule se autodenominan con orgullo, estos artesanos y mercaderes, cazadores y pescadores que sobrevivieron a la conquista, a la instauración del régimen colonial y finalmente de la República, hace poco más de cien años; al sur de la pródiga comarca del Darién, disputada y compartida en sus comienzos con los pueblos de la Lengua Cueva que, no tuvieron tanta suerte. 

 La capital de Castilla de Oro, estribada en diciembre de mil quinientos diez, sobre las construcciones y los campos de cultivo de las gentes de Cémaco; derrotado y refugiado en la manigua, desde donde la acosará por años; surge entre disputas por jurisdicciones, intrigas y conspiraciones por el poder, al mejor estilo de las cortes de allende los mares que, durante una docena de años determinaran el rumbo del proceso conquistador al sur del Nuevo Mundo. Allí mismo, con el de Nicuesa fuera del juego, el de Colmenares se decide a apoyar al Vasco, en su enfrentamiento con Fernández de Enciso y terminan enviándolo a las Españas, acusado de usurpación.  También envía el flamante alcalde, un bergantín colmado de oro para repartir entre Diego Colón, a la sazón virrey encargado y el tesorero real, sabiendo que el bachiller en leyes, no se quedaría conforme.

 Finalmente, tras la exitosa expedición en la que confirma la existencia del Mar del Sur y toma posesión en nombre de sus soberanos; Juana I de Castilla y su padre, que funge como regente, el católico Fernando; consolida gloria y patrimonio, aunque serán tan efímeros como la permanencia de su fundación. En la misiva en que el regente le comunica su benevolencia y gratitud por su servicio a las coronas, le nombra "Adelantado de la Costa del Sur y Gobernador de las provincias de Panamá y Coiba", pero también designa a Pedrarias Dávila, en la de Castilla de oro. (Crónicas de la Ignominia XXVI y XXVII.)

 La llegada de La ira de Dios; así será recordado en los anales de la época el segundo pesquisidor enviado por la regencia, ante los desaguisados del primero, que en lugar de enderezar las cosas, las complicaron; será el principio del fin de la buenaventura del polizón. Más irascible y autoritario que su predecesor, este célebre Contino, famoso por sus hazañas durante la reconquista de la península, desde el comienzo hasta el fin; cuando con más de sesenta años, aun arrasaba en solitario entre sus fortalezas, a cuanto moro se pusiera en su camino; traía el encargo de adelantar el juicio de residencia correspondiente pero, también las mismas ansias y anhelos de riqueza, que marcaban el norte de todos y cada uno de los adelantados, oficiales y soldados, de jerarcas y curas y, de cuanto marginado lograba una plaza para embarcarse al Nuevo Mundo. 

 El antiguo estaba en ruinas y, con muy contadas excepciones, todos soñaban con entrar a saco en la primera aldea de aborígenes que apareciera en su camino. Lento transcurría el tiempo en aquel entonces, y lento se hacia el devenir de los acontecimientos. Al comenzar el año del señor de mil quinientos trece, el regente de Castilla, soberano de Aragón y de todas las Españas, había decidido la conformación de la más grande y ambiciosa campaña de colonización en sus nuevos dominios, al llegar las noticias de los nuevos descubrimientos y de los desmanes y desafueros de sus adelantados, con el bachiller Fernández de Enciso. Empezaba la segunda década de aquel siglo que se podía vislumbrar venturoso, sobre las ruinas dejadas por las guerras continuas, durante los últimos tres. La esperanza para los sobrevivientes estaba, definitivamente, en estos lares y la providencia iba a favorecer al más dispuesto.

 En Junio del año siguiente arribaría a las Indias, aquella enorme y pretenciosa expedición, con el primer Obispo y todo su sequito, el bachiller Fernández de Enciso como alguacil mayor y algunos futuros protagonistas, de la funesta historia de la conquista y colonización americanas. Al llegar a tierra firme recalan en Santa Marta, donde comenzaba la Gobernación del Furor Domini, que en poco tiempo justificaría a sangre y fuego esta denominación. Quiso desde ahí imponer la autoridad real y la suya propia, leyendo el Requerimiento que traía redactado por las Juntas de Burgos, Valladolid y Madrid, mediante el cual se conminaba en el más puro y florido castellano a los naturales, a someterse a la corona y convertirse al catolicismo, so pena de ser condenados a la esclavitud o la muerte. Sin entender una palabra, pero ya enterados de la verdadera naturaleza de aquellos invasores que mucho decían pero nada cumplían, estos respondieron con una lluvia de flechas obligándolos a replegarse y a enfilar hacia Urabá.

 Por allí, había estado muy ocupado Núñez de Balboa, aliado con los cipayos de turno, conquistando los territorios habitados por los Dule, hasta el ultimo asentamiento y el último guerrero en pie. Cuando al fin arriba Pedrarias a mediados de mil quinientos catorce, están establecidos con mas de quinientos colonos e innumerables aborígenes, sometidos a la más abyecta servidumbre. Como ya dijimos será el comienzo del fin del descubridor del Océano Pacífico y de la Villa, y de la hecatombe para el continente. Los sobrevivientes del pueblo Guna, terminan desplazados en la serranía, hasta, que tras el declive de Santa María la Antigua del Darién, ocupan el lugar de los Cuevas. Vamos a indagar como logran supervivir por cuatrocientos años...


 

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