Crónicas de la Resistencia. III

 

 ANACAONA Y CAONABO. II.


 Una interesante cultura con cierta sofisticación, tenían establecida los Tainos en gran parte del Caribe, incluida Quisqueya, la ínsula que los invasores nombraron Española. Un poema épico(sic) titulado Anacaona, de la dama dominicana, Salome Ureña de Hernández, puede darles una visión somera Una bien consolidada estructura social, una clara y eficiente división política del territorio con cacicazgos sólidos que garantizaban a la sazón un devenir sosegado, dedicados a una prospera agricultura sostenible, en su sistema de conucos, que incluía fertilización y sistemas de riego, veneraban la naturaleza, celebraban la abundancia en frecuentes areítos y conservaban sus tradiciones con cantos y poemas. Unas más, otras menos las cinco comarcas definidas allí, prosperaban independientes, a su modo. No obstante, no podía faltar la excepción, humanos al fin y al cabo, algunos se dejaban tentar por las pasiones. 

 Guacanagarix, tenía sus dominios al noroeste donde se encontraba el sitio en el que recaló la expedición descubridora, en vísperas de la navidad. Al parecer celoso del poder y la prosperidad de los demás, vio en la llegada de los pálidos y barbados navegantes que descendieron de las enormes naos, una oportunidad que estaba esperando. Habiendo ganado la confianza del Almirante poniendo a su disposición sus gentes y sus guerreros,  intriga y señala a su rival principal el "Señor de la Casa de oro" Caonabo, de la masacre del fuerte Navidad, como si hubiera sido un capricho de su naturaleza belicosa. Guerrero valiente de sangre caribe, era temido por los otros pero, también respetado por su prestigio de íntegro hombre de palabra. En ese entonces su alianza con Bohechio, quien le entregó a su hermana en matrimonio, era la preocupación del primer cipayo latinoamericano. El cacique de Marien pasaría a la historia como el aliado de los invasores.

 Anacaona, inteligente y cultivada; recitaba sus propias composiciones en las fiestas a los dioses; comprendió, ante los abusos y violaciones de aquellos desgraciados que, no eran admirables como habían pensado a su llegada y le pidió a su  compañero que hiciera justicia. Tenían razón, llegado el Almirante con su armada de más mil hombres, decenas de bestias de guerra, caballos y perros entrenados para la batalla en las recientes campañas contra los moros, desató en venganza, la primera persecución a gran escala que verían nuestros hermanos emplumados.

 Serían la codicia y su miopía política, la perdición de Colón. Quizás obnubilado por el inmenso poder que le otorgaban el monopolio y su titulo de Virrey, no supo entender la coyuntura que le presentaba la rebeldía de Caonabo. Anacaona, ante el poderío de las huestes invasoras comprendió la inutilidad de la guerra y volvió a plantear una relación armónica con los europeos. No obstante, con el cacique aliado hablándole  al oído, envía avanzadas en contra de los rebeldes, mientras él comanda la expedición al ya mítico Cibao. 

 El oro de aluvión brotaba con el agua en toda la extensión de la costa de la isla, proveniente de las montañas del cacicazgo de Maguana, haciéndole creer a Cristóbal que habían arribado a Cipango, exacerbando la ansias de riqueza y las bajas pasiones de los recién llegados. Fundada la Isabela al este del fuerte derruido, levantan un segundo bastión para defenderla y pone al  frente, un avezado oficial del rey llamdo Alonso de Ojeda. 

 Pasaría a la historia el galante caballero como el "centauro de Jáquimo", en referencia a la batalla de La Vega Real. Dicen los cronistas que allí vencieron en una desigual batalla, gracias al estruendoso armamento de la época y a las nobles bestias, convertidas en instrumentos de guerra, a algunos miles de Tainos comandados por el rebelde. Entendieron entonces el cacique y sus guerreros que la ventaja estaba del lado enemigo. Ante su poder de fuego, espeluznante para ellos, y el empuje de aquellos monstruos bicéfalos y acorazados que los deslumbraron al descender de las naves, nada podían con sus arcos y flechas. Se dedica entonces Caonabo a un constante hostigamiento durante meses, donde intentaran los enemigos asentarse. En una especie de guerra de guerrillas ponen en jaque el avance de la conquista, hasta que el taimado soldado logra con engaños someter al caudillo.

 La anécdota dice que, mientras conversaban buscando entendimiento, le ofrece montar en su caballo y en muestra de buena voluntad, unas brillantes pulseras de latón que resultaron ser las esposas que lo pondrían prisionero. A pesar de la prisión del jefe, sus leales seguidores continúan la resistencia bajo sus ordenes hasta que, enterado de una conspiración para eliminarlo, decide don Cristóbal embarcarlo para España. La respuesta del cautivo fue declararse en  una huelga de hambre, que lo llevará a la muerte en el trayecto. Hereda entonces Anacaona el cacicazgo más fuerte y un tiempo después, el  más esplendido de Jaragua al morir su hermano, permaneciendo en pie de guerra. 

 Morirá unos años después la reina guerrera, ahorcada por el implacable pesquisidor real Frey Nicolas de Ovando y Cáceres,  el segundo enviado para tratar de encausar el desmadre en el primer virreinato del Nuevo Mundo que, se le salía de las manos al almirante. Los pueblos originarios, siguiendo el ejemplo mantendrán la resistencia hasta el día de hoy, cuando la lucha por sus reivindicaciones continúa. 

 

 

 

 

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