Alfredo Correa de Andreis.
Alfredo Correa de Andreis.
Todas las muertes violentas de las miles de víctimas del genocidio, mal llamado, eufemizado como conflicto armado en Colombia, nos deben estremecer en lo profundo de nuestro ser, y avergonzar como sociedad. Pero hay una en especial, de aquellas encargadas por perversos motivos "políticos", por un régimen de incuestionable talante autoritario y totalitario, que se convierte en símbolo de lo que no puede ser, de lo que no puede volver a repetirse; la de este entrañable ser humano sentipensante.
En el momento de aquel atroz crimen de lesa humanidad, Ingeniero Agrónomo, Sociólogo, con una maestría en Educación enfatizada en Desarrollo social, adelantaba sendas investigaciones sobre el desplazamiento forzado por el paramilitarismo en los departamentos de Atlántico y Bolívar. Tres meses atrás había sido detenido de manera arbitraria, por agentes del pérfido DAS, cooptado entonces por las fuerzas oscuras de aquel maligno proyecto de "refundación nacional".
En medio del régimen de terror; institucionalizado con su política de Seguridad Democrática, por el artero gobierno de la coalición entre las facciones de ultraderecha y el narcoparamilitarismo; cada día desde las aciagas jornadas en los claustros universitarios en mil novecientos ochenta y nueve, las vidas de todos los líderes sociales, defensores de los derechos humanos, del medio ambiente y gestores culturales empeñados en las reivindicaciones populares, que un estado inane por corrupto aplazaba recurrente por décadas, pendían de un hilo. Detenido, con falsas acusaciones de ser el ideólogo del frente cincuenta y nueve de las FARC, en Cartagena, Alfredo debe haber comprendido aquella realidad y, desde una innata ingenuidad creyó que, pidiendo clemencia podría evitar su sentencia. Existe la certeza, negada como acostumbra por el tirano, de que le envió dos misivas pidiéndole parar la carnicería.
Fue liberado tras unos días de cárcel, por la falta absoluta de pruebas de los cargos de rebelión que, le endilgaron para acallar su voz. No obstante su muerte había sido decretada y, el diez y siete de septiembre de dos mil cuatro caía en una calle cercana a la Universidad Simón Bolívar, su Alma Mater en Barranquilla, abatido por las balas asesinas de los sicarios enviados, junto a un único escolta que le asignaron para protegerlo.
"Hey loco, no dispares..." fue lo que atinó a decir, apelando de nuevo a la benevolencia que, creyó, podía tener aquel verdugo en lo profundo de sí. Desde su innata bonhomía siempre vio al parecer, el lado bueno de sus congéneres, semejantes y diferentes y se había propuesto, me atrevo hoy a decir, a transformar el mundo para que fuera la vida y no la muerte la que determinara nuestro devenir.
Nació en Ciénaga, Magdalena, cincuenta y dos años atrás y le dedicó la mitad de su vida a la docencia y la investigación. En medio de un proyecto conjunto de los grupos de investigación de las universidades San Buenaventura de Cartagena y del Norte de Barranquilla, sobre el desplazamiento forzado, su figura se hizo incómoda para el proyecto narcoparamilitar. A comienzos de aquel año funesto, su nombre hacía parte de una lista, entre otras más, de treinta y cinco personas declaradas como objetivo militar por las AUC, que género la dirección del DAS para la dirigencia de su bloque norte. De allí vino la orden que, trasmitida por un capitán retirado del ejército, su cabeza visible en el Atlántico, es ejecutada con eficiencia por el sicario designado. Siete de los nombrados allí terminaron asesinados.
Aún hoy, aquellos señalamientos cobran muchas vidas de los colombianos comprometidos con su realidad que, empeñan su existencia en las organizaciones populares. Con la pérfida intención de desvirtuar la gestión del Gobierno de la vida; aquellos que proponen el porte de armas como la solución de los problemas de seguridad, o justifican sin reato alguno el genocidio del pueblo palestino, los del "plomo es lo que hay" que no conocen otro argumento; siegan sus vidas valiosas.
Ya la justicia condenó a los culpables de este atroz crimen, al director del DAS de aquella época, al autor material y también a algunos de los autores intelectuales que reconocieron su participación. El estado mismo fue obligado a pedir perdón su muerte y el establecimiento ha tratado de resarcir el daño con homenajes póstumos en honor de "uno de los seres humanos más valiosos que han dado las tierras, húmedas de sangre e ignominia, de este caribe que...soñó de otra manera", como lo definiera en su momento un lúcido y comprometido cronista regional. Yo hoy solo espero que a los determinadores principales, que todos conocemos, la justicia les cobre su deuda y que los colombianos decidamos al fin poner coto definitivamente a la barbarie en la que nos han sumido tantos gobiernos enfocados en mantener unos privilegios espurios, legado de la colonia y un establecimiento corrompido para conseguirlo, negando al pueblo soberano sus derechos fundamentales.
Comentarios
Publicar un comentario