Crónicas de la Resistencia. X.


 LA LENGUA CUEVA. II.

 Santa María la Antigua del Darién.


 El territorio que gobernaba Cémaco, era parte de una confederación; por decirlo de alguna manera; de un buen número de pueblos, unidos por aquella lengua franca, que hoy se determina como de la familia lingüística Chocó. Catorce de ellos identificaron los conquistadores, mientras los iban desalojando y exterminando si oponían resistencia, esclavizando los pocos que sobrevivían para venderlos en Santo Domingo inicialmente, y luego en Cartagena de Indias, cuando por fin los hermanos de Heredia logran consolidar su fundación, trasladando el  pujante y perverso negocio a tierra firme, a la sazón diversificado con la importación de los primeros esclavos africanos.

 Sobre las construcciones del poblado de Cémaco, terminaran estribando los vencedores, la primera población en Tierra firme, con la advocación a Santa María la Antigua, la virgen sevillana a la que se encomendaron en aquella batalla en que le derrotaron. El guerrero, con algunos leales, se refugia en las selvas montañosas del Darién, desde donde acosan la fundación, hasta que en mil quinientos doce organiza una alianza  para un ataque en masa, finalmente descubierto y sofocado antes de suceder. Fulvia llamaba Núñez de Balboa a su amante, Anayansi sus hermanos que, serian traicionados por aquella inocente ilusionada por las artimañas del taimado. Esto lo imagino yo, porque no se conocen los detalles de aquella relación, más allá de haberle suministrado la información que salva a los invasores y consolida su poder. El rebelde no se rinde y nunca será capturado vivo, mientras mantiene viva la llama de la resistencia.

 Pasaran a la historia como un bello pueblo, según los cronistas de la época, los habitantes de aquellos parajes bucólicos, de gran estatura, prestancia y una natural elegancia que deslumbró a los conquistadores, despertando sus bajas pasiones. Los principales exhibían con orgullo sofisticados ornamentos de oro, unos canutos  cubriendo sus falos los hombres principales, unos sostenes para sus senos, sus mujeres maduras: una barra del metal puro, amarrada con hermosas bandas de algodón muy elaboradas y las deslumbrantes chaquiras al rededor de su cuello. Uno a uno caen aquellos asentamientos conectados por la palabra, hasta que desaparecen y sus territorios desolados, son ocupados por los Kunas desplazados a su vez, por el embate conquistador que, se interna en el continente, tras el descubrimiento del Mar del Sur, y los grandes ríos continentales.

 Rodrigo Enrique de Colmenares encuentra a su socio, aquel hidalgo arrogante y presumido, hecho un guiñapo entre los últimos de sus setecientos hombres. Derrotados por la naturaleza feraz e inhóspita y las flechas envenenadas de los aborígenes, medio centenar tratan de sostener una fundación que don Diego llamó Nombre de Dios, buscando talvez la misericordia de la providencia. Había convencido su amigo y salvador, a una incipiente mayoría en Santa María, que lo autorizó para buscarlo ante la negativa de Núñez de Balboa, empoderado de la situación. Finalmente este, logra convencer a los colonos de la inconveniencia del regreso de aquel déspota, y lo obligan al llegar, a continuar su camino, con unos cuantos que quisieron seguirle. Obligados a embarcar en una nave que apenas flota, desaparecerán de la historia.

 Comenzaba la segunda década de aquel siglo funesto para el Nuevo Mundo, con la consolidación del poder del Vasco y de aquel primer asentamiento colonial, avocado una vida efímera, en medio de las intrigas y desaguisados de innumerables aspirantes a conquistadores que, se apalancaran en su territorio para iniciar sus campañas. Dos años después su alcalde confirmará la existencia de otro océano que llamarán Pacífico y una ruta a aquellos reinos míticos, construidos en metales preciosos que desquiciaban el buen juicio de los invasores.

 Seguirán por allí algunos al futuro Marqués de los Atavillos, Francisco Pizarro, y otros que son los que nos atañen, estribaran las primeras ciudades continentales que perduran en nuestro País de la Belleza. Muchos más siguiendo aquellas quimeras por el curso de sus grandes ríos, llevaran el infortunio al interior de la Tierra Firme. 

 

 

 

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