Crónicas de la Resistencia. IX.
LA LENGUA CUEVA. I.
CÉMACO.
Cuando el bachiller Fernández de Enciso llega con los refuerzos al fuerte de San Sebastián en Urabá, apenas eran unas decenas los sobrevivientes de los trescientos hombres que allí llegaran con el de Ojeda, quien regresara malherido a La Española. Queda a cargo, como alcalde don Martín, intentando consolidar su posición y autoridad sobre sus tropas y los colonos; menoscabadas por aquel polizón que huía de sus deudas; imponiéndoles una imposible resistencia. Todo un personaje, el Vasco Núñez de Balboa, tenía a la tripulación de su lado y al final se saldrá con la suya, llevando la expedición al otro lado del golfo, donde habían visto a la distancia durante la expedición de Rodrigo de Bastidas, unas tierras más propicias y pobladas en las que, sin siquiera sospecharlo, lo esperan la gloria y la fama. (Crónicas de la ignominia XXVIII Y XXIX).
No obstante, bastante les ha de costar la conquista de aquel territorio que creyeron más hospitalario. Cémaco un cacique de los Cueva, tras resguardar la población en la manigua profunda, tenia un pequeño ejercito en pie de guerra dispuesto a expulsar los invasores. A pesar de su valor y el de sus aguerridas huestes; hombres y mujeres entrenados, pues su pueblo combinaba las dos condiciones de los caribes comerciando y guerreando con igual intensidad; aquellos matamoros, avezados y curtidos en las campañas de la reconquista de la península ibérica, precedidos por las jaurías de perros, aun más feroces e implacables; ya cebados con la sangre aborigen; en su papel de centauros acorazados, apoyados por las descargas de los arcabuces, arrasaban con su furia desbordada.
La guerra despiadada que, apenas se apagaba por desgaste entre las naciones incipientes al otro lado del océano, terminaría diseminada, haciendo estragos hasta el último confín del nuevo mundo. Las noticias de la codicia, de la sevicia, de la barbarie de los invasores, increíbles hasta entonces, se confirmaron a sangre y fuego en todas las poblaciones, que lucharán hasta el ultimo guerrero. Sería el comienzo de una aterradora campaña de conquista, sin escrúpulos ni miramientos, que sentaría las bases de los más oprobiosos regímenes coloniales de la historia.
Sobre los rescoldos de una de las poblaciones del dominio del valiente, estribarían los vencedores un primer fuerte llamado La Guardia, donde perpetraron el primer crimen de odio en la historia de nuestras naciones. Me parece pertinente mencionarlo, pese a que ya lo hice en la primera de las Crónicas de la Ignominia aquí citadas. Los vencidos quisieron agasajar a los vencedores para congraciarse. Para su desgracia, entre estos venían los infaltables inquisidores que, al haber hallado en un gran bohío algunos danzantes disfrazados de mujeres, desde su intolerancia deciden condenarlos por una supuesta homosexualidad, proscrita entonces por la ortodoxia cristiana. Allí mismo fueron masacrados e incinerados.
Aunque fue horrenda, no quiero explayarme en la orgia de sangre que, se desatará a continuación en aquellos parajes idílicos, habitados por diversos pueblos que compartían sus culturas y la lengua común que los identificó. Vamos a conocerlos un poco en la próxima entrega.
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