Crónicas de la Resistencia. VIII.

 

 YURBACOS Y CALAMARÍES.


 Me atrevería hoy a definir a grandes rasgos los pueblos caribes del litoral, en dos tipos contrapuestos, con base en sus actividades principales. Los guerreros y los diplomáticos. Si, así como suena. Puede parecer una simplificación pero, si analizamos a los primeros aquí mencionados, vamos a entender mejor el asunto. Belicosos en extremo habían consolidado en las colinas adyacentes a la bahía de Calamary una nación sometida a su accionar armado. Dominaron su territorio haciendo la guerra, y trataron de expandirlo de igual manera; en consecuencia terminaron encerrados en sus baluartes fortificados. 

 En contraposición, sus vecinos, nombrados Calamaríes; asentados en las costas de la región circundante, estructuraron una sociedad que se expandía por todo el entorno costero e insular, mediante su actividad principal. Avezados marinos en sus esplendidas canos, eran los mercaderes de este lado del Atlántico. Surcando el océano llegarían los navegantes de la prehistoria; como los evoca don Miguel Triana; en el norte hasta las costas del Golfo de Mexico, donde pudieron hacer contacto a través del rio con la cultura Mississippi y, hacia el este hasta el delta del Esequibo, encontrándose evidencia de su influencia bien al sur del continente. Penetraron en el por todos los grandes ríos, llevando y trayendo sus mercancías hasta las mismas montañas andinas. Culturas sofisticadas como los Zenúes y Quimbayas, o los belicosos Pijaos y parece cierto que, otros pueblos de origen arahuaco, tienen sus raíces en estos inmigrantes de las selvas profundas. 

 Al llegar Diego de Nicuesa en búsqueda de Alonso de Ojeda a la bahía, donde se estribaría unos lustros después Cartagena de Indias, lo encontró apenas con vida, sobreviviente a un ataque improvisado a las huestes de Yurbaco, en su empalizada. Juan de la Cosa y la mayoría de sus soldados cayeron en la refriega y, él hubiera perecido si no llega oportuno, aquel socio al que había pretendido usurpar. Tuvo piedad el ofendido y deciden, conciliando sus diferencias, tomar venganza de la  humillante derrota. Traía el salvador una tropa poderosa, curtida, bien pertrechada y sus bestias de guerra. Con los veteranos asedian, derrotan y arrasan los asentamientos de la región, hasta el último guerrero que opone resistencia, dejando apenas los rescoldos y, embarcando a los pocos sobrevivientes para venderlos como esclavos en Santo Domingo.

 El cartógrafo fallecido, les señaló los límites de la jurisdicción de sus respectivas gobernaciones, antes de partir con el de Cuenca, así que ahora, cada uno emprendería el periplo para consolidarlas. Don Diego que invirtió hasta el ultimo maravedí de una gran fortuna familiar y, muchos más recursos de los agiotistas locales en Santo Domingo, continuó rumbo a la suya, más allá del Atrato y al este, trataría de hacerlo el centauro de Jaragua. Aquel hidalgo, soberbio y prepotente sucumbiría en medio de la desgracia unos meses después, naufrago en unas lejanas playas cubanas, pagando en vida todos sus desafueros y atrocidades. Dice la leyenda que fue quien, en medio del tráfico de esclavos indígenas, raptó y envió a La Española a aquella niña que, sería reconocida por la historia como la India Catalina. (Crónicas de la Ignominia. XXXVII Y XXXVIII.)

 Alonso quiso estribar un primer asentamiento en Tierra Firme que, llamaría San Sebastián de Buenavista pero, tras ser herido por una de las flechas ponzoñosas de los Urabáes, decide regresar para pertrecharse y reforzar las huestes, embarcándose en el bergantín pirata de Bernardino de Talavera, quien ya hacia de las suyas en el litoral. Dicen los cronistas de la época que dejaría el último centenar de hombres bajo el comando de un joven soldado que entonces mostraba su ambición y, haría su propia fama más al sur, arrasando el imperio Inca, Francisco Pizarro. Aquella fue una singladura funesta para todos en la nao que terminaría encallando el mismo de Ojeda, en la costa del sur de Cuba y, al final, caminando llegaría a Maisí con unos cuantos filibusteros vivos. 

 Finalmente en Santo Domingo, convaleciente, recibe la noticia del fracaso de su fundación, cuando llegan los supervivientes al asedio constante de los naturales que, los obligan a poner pies en polvorosa. Serían rescatados por el bachiller Martín Fernández de Enciso, náufragos en la Bahía de Cartagena y enviados a La Española con las novedades. El cartógrafo y jurista sevillano aportó recursos y gestión a la expedición, con la promesa del adelantado de nombrarle Alcalde Mayor de su Gobernación. En calidad de tal, procedió a dirigirse al Darién en la margen derecha del rio que señalaba sus límites. 

 Lleva a bordo un polizón, que escapa de sus deudas en la ciudad y determinará, al confirmar la existencia del Mar del Sur, el derrotero de la conquista del continente. Vasco Núñez de Balboa, a quien se le atribuye el descubrimiento del Océano Pacífico. Será el quien los lleve a parajes más acogedores, donde, sobre las ruinas del cacicazgo de Cemaco, intentará estribar don Martín, la primera ciudad de tierra firme: Santa María La Antigua. 

 Podríamos decir que lo que Alonso buscaba eran la gloria y la fama al servicio de sus soberanos y que el pionero de los viajes andaluces, sirvió a los intereses del grupo del cardenal Rodrigues de Fonseca. Tres lustros después de haber llegado al Nuevo Mundo, aquel veterano de la reconquista había cosechado sus frutos, incluida una de las primeras familias mestizas en la isla. Había contraído matrimonio con Guaricha, princesa de Coquivacoa en mil cuatrocientos noventa y nueve, quien se bautizo con el nombre de Isabel y le dio tres hijos. No obstante, el mismo no parecía satisfecho. Quizás en medio de la tripulación del bergantín pirata de Talavera, vislumbró la hecatombe que se avecinaba y al confirmar el fracaso de su fundación, por la resistencia enconada de los pueblos de Urabá, entendió que habían traído la guerra, la codicia y la muerte al paraíso en la tierra. Unos años después moriría enclaustrado, contrito y arrepentido de sus hazañas, al punto de pedir ser enterrado, donde todos pudieran pisar su tumba. Ya veremos nosotros lo que, recuperada su consciencia le mostró.

  

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