Crónicas de la Resistencia. VII.

 

 LOS CARIBES. II.


 Aunque algunos académicos todavía afirman que, los Caribes hostigaban los territorios Tainos a la llegada de los europeos, yo quiero imaginar, y hasta me atrevería afirmarlo que, después de tres mil años de compartir el paraíso que constituía su entorno compartido, las relaciones eran ya de una conveniente convivencia con base en sus actividades productivas. Ambos pueblos fueron navegantes de mares y ríos, llegados en las migraciones de los arahuacos desde el interior del continente, por los afluentes y los grandes ríos. El ingeniero e historiador bogotano Miguel Triana diría, hace ya un siglo que, "el navegante de la prehistoria penetró por ventura por las innumerables bocas del Orinoco que, con fuerza misteriosa lo impulsó al interior del continente...".

 Los Tainos consolidaron una esplendida cultura asentada sólidamente en las Antillas Mayores en poblaciones de hasta seiscientos habitantes, alrededor de sus conucos, y sus antiguos rivales en la Menores, y en las costas continentales que delimitaban su mar interior, tenían una especie de federación que, agrupaba innumerables asentamientos familiares de cierta manera independientes. Estos clanes patriarcales, construían con pericia sus bahareques y en sus barbacoas ahumaban, secaban o salaban grandes peces, para conservarlos e intercambiarlos con sus vecinos, expertos agricultores. 

 Sus relaciones para entonces ya se habían estabilizado, al punto de lograr alianzas como las que ya conocimos entre Bohechio y Caonabo que, con la unión con Anacaona afianzaron sus cacicazgos como los principales de Quisqueya. No obstante, ya en aquellos tiempos lejanos existían los primeros cipayos locales. Más interesados en su propio beneficio que en el bien común, veían como ya dijimos, la oportunidad de destrozar estas alianzas en la llegada de los invasores. Entre los tainos ya conocimos a Guacanagarix y hubo un par más que colaboraron en las campañas de la conquista, con sus huestes y provisiones para las hordas españolas. 

 Pronto gracias a sus traiciones, solo Hatuey les hacia frente en el este de Cuba y, en La Española dominaban los recién llegados. Al finalizar el siglo XV Santo Domingo era una población pujante merced al comercio, y al trafico clandestino de esclavos que, a la sazón incluía los capturados en las costas africanas por los portugueses.  Los capitanes reales se habían dedicado tras la pacificación a intentar, también sin estar autorizados, algunas incursiones al continente, donde sin falta fueron repelidos por los belicosos Caribes. No obstante, percibiendo la exuberancia y la innegable riqueza, los más avispados, como el ya famoso Alonso de Ojeda, deciden regresar a buscar capitulaciones de la Corona para su exploración. Iremos nosotros detrás, para seguir sus andanzas en Tierra firme y la enconada resistencia aborigen.

  

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