Crónicas de la resistencia. I.
Crónicas de la resistencia. I.
Los pueblos aborígenes en el Nuevo Mundo.
Con unas cuantas excepciones; los Aztecas, los Incas, los Mayas en decadencia y aquellos sobre los que se estribaron estos imperios; los pueblos denominados amerindios, fueron nómadas y seminómadas, en su mayoría. Confederados algunos en grandes naciones, devenían casi todos en medio de una naturaleza prodiga y feraz en ocasiones, muy bien adaptados a sus condiciones, sin afectar en gran medida, deliberadamente, su entorno. Incluso aquellos que, movidos por las pasiones humanas consolidaron aquellas naciones dominantes, construyeron las grandes obras de infraestructura que los consolidaron, en pragmática armonía con sus condiciones naturales. Ya la academia los ha considerado y analizado a conciencia.
Para los que aquí nos atañen, aquellos encontrados inicialmente por Colón y sus huestes en las islas descubiertas, amables y acogedores al comienzo, diremos que se ajustaban a lo dicho. La primera que ven en la noche del once de octubre, fue la que llamaban los aborígenes Guanahani, y que el mismo Cristóbal Colón bautizara como San Salvador, agradecido por haber logrado llegar, después de casi perecer a manos de una famélica tripulación amotinada, tras dos meses de navegación sin vislumbrar tierra. A la mañana siguiente vieron allí, deslumbrados, un pequeño poblado con media docena de sólidos bohíos, rodeados de jardines primorosos y cuidados, en medio de un bucólico paisaje de árboles frondosos, hasta donde alcanzaba la vista.
Al arribar a la playa el esquife con aquellos "hombres barbados que la profecía esperaba" como diría Gabino Palomares, en su famosa canción La Maldición de Malinche, todos sus habitantes los rodearon, desnudos y desarmados, con algunos adornos de plumas y flores los menos, al parecer los principales que, portaban también unas pequeñas pero llamativas narigueras doradas. Dice el propio Almirante de la mar océana; según relata Bartolomé de Las Casas en sus crónicas, con base en su diario encontrado en la Biblioteca de Hernando, un hijo natural del flamante Virrey; que atraído por aquellas alhajas, se dispuso a averiguar su origen hasta que entendió por señas que, al sur existían, entre muchas otras, unas ínsulas más grandes donde abundaba el metal que exacerbaba su codicia.
Recuperadas las fuerzas, un par de días después partirían rumbo a Cibao, el "lugar de las grandes rocas", en una de aquellas, que los nativos nombraban Haití, llegando después de pasar por Cuba- tan grande que pensaron que era el continente asiático-el día de la Navidad, a una ensenada donde se varó en un banco de arena, La Santa María. Imposible de desencallar terminó como ya vimos, convertida en la primera fortificación española, a la que seguirían con el tiempo innumerables pues, quienes allí se quedaron, sucumbieron a sus bajas pasiones y se empeñaron en deshonrar la hospitalidad recibida, mediante inconcebibles desmanes que los condenaron a muerte a manos de uno de los cinco Caciques de La Española. De origen caribe, al parecer mestizo con los Tainos, Caonabo se llamaba, y su señorío Maguana y su reina, Anacaona.
A la llegada de los forasteros, ella, hermana de Bohechio, señor del cacicazgo de Jaragua, el más poderoso, se interesa y se propone conocerlos. Ayuda con sus gentes al llegar a la construcción del Fuerte Navidad y pone a su servicio algunas mujeres, como era costumbre con sus huéspedes. Unos días después zarpan de regreso las dos naves restantes, como ya dijimos cargadas de tesoros y vituallas suficientes para un periplo venturoso, dejando en el baluarte treinta y nueve marineros de la tripulación de la Santa María, con la misión de establecerse en una primera colonia.
Apenas idos comenzaron los problemas, por rencillas constantes entre los pocos sensatos y los más, ambiciosos y libertinos que, quisieron enriquecerse a la brevedad, mientras tomaban las mujeres tainas a su antojo y masacraban a quienes se les oponían, con la fuerza de sus armas. Aquello era inaceptable, y le pidió Anacaona a su guerrero Caribe, vengar las afrentas.
El pueblo Taino, de origen arahuaco, aun luchaba contra las invasiones de los Caribes a sus dominios, y habían visto en los castellanos posibles aliados. Los desmanes de aquellos desgraciados dieron al traste con sus aspiraciones, y les mostraron su verdadera naturaleza. Y desde entonces los pueblos aborígenes del continente que los invasores llamaron América, resisten a sus pretensiones imperialistas.
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