Crónicas de la ignominia. XVII.

 

 LOS REYES CATÓLICOS. II.


 Encontramos a los soberanos de Castilla y Aragón, casados unos años atrás, por fin bien avenidos, al menos en apariencia, tras la Concordia de Segovia. Voy a afirmarme en aquello de que fue la reina la de los calzones; pues no eran todavía pantalones, los que los varones estilaban; con base en que, impelido por Isabel, Fernando tuvo que aplicarse a la batalla, en la guerra por la sucesión de Castilla en primera instancia y una vez vencida y recluida la Beltraneja en el convento de las Clarisas en Coímbra, continuar con la expulsión de los moros de sus territorios y la estructuración y puesta en marcha del Tribunal del Santo Oficio, para finiquitar la de los judíos no conversos; postergando sus propios intereses, de recuperar el terreno perdido por Aragón al norte de la península. 

 Al parecer el joven, era un galante seductor incorregible muy a la usanza de la época, como lo había demostrado con creces; tenia ya una hija ilegitima cuando viajó a Valladolid para casarse y arrastró desde Lérida, disfrazada de paje, a la joven Aldonza Roige Iborra, con quien tendría a Alfonso; le dio a su flamante esposa las armas para controlarlo. Diría yo ahora que, tan sagaz como su mujer optó por mantenerse a la sombra mientras le llegaba su momento. También hemos de reconocerle los méritos, muy a propósito para la consolidación del proyecto confesional de los antepasados de ambos, que asumieron en concierto. Dejó fama de valiente y aguerrido adalid que, de hacer falta se ponía a la cabeza de sus tropas y así fue como, con ímpetu arrollador arrinconó y puso de rodillas al último califa nazarí y echó a rodar la rueda implacable de la inquisición.

 Además, cumplió cuando quiso y pudo con los deberes conyugales, y la reina concibió seis hijos y juntos señalaron, entre avatares diversos, más intrigas y conspiraciones, alianzas y acuerdos políticos- con la familia, los amigos y enemigos-, algunas  otras guerras en el viejo mundo y una feroz campaña de conquista en los nuevos territorios al frente, la ruta para que, tras mucha tragedia familiar y algo de alegría sin lugar a dudas, un vástago de la unión con otra dinastía- fortalecida de la misma manera-, sobre los viejos y caducos cimientos de los primeros imperios, forjara el más grande y poderoso jamás visto. Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, lo consolidaría a sangre y fuego.

 Fueron muchos los acontecimientos, en aquellos más de treinta años para llegar hasta allí.  Como ya dijimos, por iniciativa de la reina de Castilla, y con el concurso de su conyugue y colega, el de Aragón, en primera instancia consolidan su sociedad y el gobierno, en el territorio ibérico que les correspondía por herencia y conquista. En concordancia con un viejo anhelo de la pía y católica soberana, acto seguido, su adalid y caballero andante somete al último monarca moro con poder y entonces, juntos en sus intereses se aplican con ahincó, denuedo y bastante ambición a la estructuración de un estado moderno, según sus parámetros, poniendo a la nobleza y al clero en sus respectivos lugares. No obstante, a pesar de los logros políticos, económicos y religiosos, con la consolidación del estado confesional que sería el germen de España como nación; a nivel familiar, su sino estuvo marcado por la tragedia. 

 Sobrevivieron cinco de sus retoños y, Juan el único varón solo alcanzó a salir de la adolescencia, cuando en medio de un tórrido y apasionado romance con Margarita; su princesa de ensueño, hija de Maximiliano I de Austria; muere de amor, causándoles un inmenso dolor y una gran desazón en cuanto a la sucesión. Solo María, una de las cuatro hijas, casada con un monarca portugués al que le dio una decena de hijos, aportó algunas alegrías a la familia. 

 Finalmente Isabel morirá con el año en mil quinientos cuatro, agobiada por las preocupaciones, pues la siguiente en la linea, Juana, casada con el hermoso Felipe hermano de la joven viuda, empezaba a dar muestras de la locura que caracterizaría su trágica existencia. Una sola satisfacción confortó los últimos días de la reina, para entonces enferma por las penas. Carlos, hijo del díscolo y voluntarioso príncipe; siempre enfrentado con el rey, por el poder; nacido al final del siglo, alborotaba ya por los pasillos del castillo.

 A otro castillo, más de sus afectos, iría a esperar el descanso eterno, aquella soberana que transformó su país parroquial, en el segundo estado de la era moderna y, aliada con otro Trastámara, quizás más castellano que ella misma, el imponderable aragonés, trazarían el camino de un gran imperio europeo. Isabel I de castilla, moriría a sus cincuenta y tres años en el de La Mota, en Medina del campo. Mucho se ha dicho, en un sentido y en otro, de estos míticos reyes católicos, nombrados así por otro personaje de leyenda, el cardenal valenciano Rodrigo Borja, para entonces el papa Alejandro VI, en una bula que intentaba subsanar las consecuencias del desaguisado cortesano, con el que fueron unidos en matrimonio. Bastante también se podría ahora, de estos personajes y de su entorno social y político y de aquellos sitios históricos, pletóricos de leyendas y verdades históricas. 

 Para mi empeño de desmitificarlos, creo que será suficiente. No pretendo aquí juzgar a nadie, solo entenderlos en la medida de lo posible y confirmar que, como todos nosotros, no fueron más que imperfectos seres humanos, producto de sus circunstancias particulares.

 


 

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