Crónicas de la ignominia. XIX.
FREY FRANCISCO DE BOBADILLA.
Eran espacios bastante reducidos en aquellos tiempos lejanos, las cortes castellanas, en todos los sentidos. Trasegaban por los pasillos sombríos de los vetustos castillos, pocas gentes del común. Unos cuantos de los de a pie, cargados sus carromatos de vituallas o suministros variopintos, tenían acceso al sector amurallado al interior de aquellas fortalezas y, a los soberanos solamente las damas encumbradas, los jerarcas de la iglesia o los grandes caballeros. Incluso quienes les servían en la intimidad, sus donceles y doncellas, eran vástagos de familias de abolengo, por lo general venidas a menos, sumisos y serviles buscando la oportunidad de recobrar el lustre para su linaje. Así que aquel oscuro personaje de origen incierto-decía ser genovés pero no lo había certificado-, generó suspicacias desde su llegada. Nunca bien visto y mucho menos bien quisto, la incomprensible dimensión de las capitulaciones que le concedieron los monarcas-cuando al fin logró que apoyaran su descabellado proyecto-, acabo dándole incontables enemigos. Para completar, se le subieron los humos no más tenerlas a mano, y comenzó muy pronto una serie de despropósitos que le agregarían algunos.
Acusó para empezar, al propietario y maestre de la Santa María, don Juan de La Cosa, del descuido que la dejó varada recién llegados al otro lado, desconociendo la confianza que se había ganado de tiempo atrás, por sus servicios a la corona. Craso error que confirmó ante sus detractores, la naturaleza del envidiado visorrey y le costaría mas temprano que tarde, la revocación de facto de su monopolio en las expediciones futuras. Este y otros desafueros más le causarían muchos problemas. Habiéndose desatado una rebelión entre sus huestes en el nuevo mundo, en cabeza del primer alcalde que nombró en La Española, solicitó en una misiva a la corona, comisionar un pesquisidor para dirimir la controversia. Sin saberlo, se pegó un tiro en el pie; Frey Francisco de Bobadilla el elegido, sería registrado en los anales como el "enemigo de Colón".
La realidad era que, sus verdaderos enemigos estaban detrás del reconocido por atrabiliario, Comendador de la Orden de Calatrava; en Auñón, la villa de Medina del Campo donde comenzó el ejercicio de sus funciones, puso pies en polvorosa, huyendo de la turba que lo quería linchar por sus abusos; a quien los cortesanos poderosos usaban para sus oscuros propósitos. En esta ocasión, fue el temible arzobispo Rodrigues de Fonseca, que tenia entre las cejas al almirante-según decía por sus desmedidas ambiciones- quien recomendó al funcionario real para la delicada misión. Mientras tanto, en sendas carabelas llegaron procuradores de ambas partes que complicaron la respuesta a la denuncia interpuesta; tanto así, que se retrasó el envió del pesquisidor todo un año.
Apenas puso pie en tierra, con su oficiales, sus bestias y quinientos soldados, el agente de la corona; por cierto hijo de una pareja de funcionarios reales muy cercanos a los soberanos; aprovechando la ausencia del Virrey, en funciones fuera de la corte, procedió a ejercer sentencias anticipadas en su mente, y aherrojó a su hijo Diego, quien fungía en el cargo y a quienes se pusieron del lado del gobernador. Apoltronado con falsas promesas a los rebelados, mando citar a este y no mas tenerlo al frente lo apreso y encadeno, junto a su hermano Hernando; quien se atrevió a dejar la batalla contra los indígenas ya sublevados, para liberarlo; enviándolos, sin pesquisa alguna ni perdida de tiempo a rendir cuentas. Por un tiempo hizo y deshizo como acostumbraba en el ejercicio del poder, a tal punto que enterados en Castilla, en el termino de la distancia, fue enviado un segundo pesquisidor, para investigar al primero.
El periplo de aquel comendador irascible en el nuevo mundo, hubiera pasado sin pena ni gloria, por su brevedad y falta de criterio, de no ser porque llamó la atención de sus católicas majestades, proclives hasta entonces a dejarse llevar en sus decisiones por sus consejeros, en lo que a estos asuntos se refería. Apenas empezaban a dimensionar la envergadura del descubrimiento y el alcance de las pasiones humanas que despertaba a su alrededor.
Para reemplazar al juez, de facto gobernador, llegaría otro con igual jerarquía en la inefable Orden de Calatrava, que también sin pensarlo dos veces, le puso sus correspondientes grilletes, embarcándolo de regreso en la misma flota en que arribó; aún en contra de las recomendaciones de Colón, que presagiaba una tormenta y a quien ni siquiera permitió refugiarse en el puerto con su nueva flota; con tan mala fortuna para el desgraciado, que naufragaron todas las naos y ninguno sobrevivió. Ya veremos quien era, si trasciende su gestión y examinaremos aquella posición, trascendental en la burocracia confesional de la época. Hasta entonces...
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