Crónicas de la Resistencia. IV.
HATUEY. I.
En una deleznable paradoja; no hallo otras palabras para definirla; el colonialismo moderno que impulsa el renacimiento humanista de las culturas y las naciones europeas occidentales, se consolida con base en un paradigma de codicia y barbarie que aun permanece vigente en las incipientes naciones latinoamericanas. Como una "fiebre amarilla", la fiebre del oro, define don German Arciniegas, el motor de la conquista y colonización de los primeros territorios en el Caribe Insular. El último líder tribal sobreviviente a la masacre de Jaragua, tratando de prevenir a sus connacionales Tainos de la gran isla de Cuba les decía literal, señalando una cesta con el metal precioso: "...este es el dios que los españoles adoran. Por esto luchan y matan; por esto nos persiguen y es por eso que tenemos que lanzarlos al mar."
En la primera diáspora regional, había logrado escapar de Quisqueya, en canoas, con cuatrocientos de los suyos, guerreros, mujeres y niños, pensando continuar la resistencia iniciada por los caciques rebeldes. Sin poder creer lo que escuchaban unos pocos valientes se les unen, y mantienen en jaque a los invasores por años en una constante guerra de guerrillas, hasta que son reducidos por un ejercito al mando de Diego Velázquez, enviado por el segundo pesquisidor real.
Frey Nicolas de Ovando y Cáceres arribaría a La Española diez años después del descubrimiento, con la misión especifica de poner orden en el fracasado virreinato de los Colón que, empeñados en hacerse ricos, dejaron de lado sus responsabilidades administrativas. Para entonces el deslucido almirante había vuelto encadenado a Las Españas, por las frecuentes denuncias de maltrato y abuso de aborígenes y peninsulares, dejando encargado a su hijo Diego que continuó por el mismo camino. Reivindicados en las Cortes, mediante influencias y dinero, iniciarían un pelito que nunca terminó.
Una década completa transcurrió en medio de un desgobierno que, permitiría el establecimiento de todo tipo de prácticas perversas. Se consolidó en primera instancia el trafico de esclavos indígenas a pesar de la prohibición explicita de la Corona, y su explotación inmisericorde en las minas de socavón, o en las plantaciones establecidas en los territorios adjudicados en recompensa por los servicios prestados. Sin regulación alguna, unos cuantos empoderados se hicieron poderosos, imponiendo su voluntad, aun en contra de las disposiciones reales.
El primer pesquisidor, de la entraña de la Corona; era comendador de la Orden de Calatrava, para entonces bajo la batuta de su majestad el rey, y fue recomendado por Rodriguez de Fonseca, por su fama de autoritario; Frey Francisco de Bobadilla hubiera pasado desapercibido de no ser por que resultó peor el remedio que la enfermedad y empeoró la delicada situación de ingobernabilidad, pues viajo pensando en si mismo; enriquecerse a la brevedad, y regresar pronto a la madre patria. En un abrir y cerrar de ojos, acomodando las instrucciones reales a su conveniencia adelanta unos repartimientos a favor de unos pocos que, exacerbaron los ánimos de los muchos perjudicados, y belicosos enfrentamientos entre todos, logrando su propósito.
Diego Colón, visorrey interino que osó enfrentarlo, también fue aherrojado y, el sujeto de marras, hizo y deshizo a su antojo y permitió la consolidación del funesto paradigma de corrupción y violencia que se enquistaría para siempre en la institucionalidad colonialista. Hatuey, para entonces en Cuba, enfrentaba con unos cuantos valientes y leales la embestida de una horda desbocada de miserables y aventureros de toda laya, que asolaba sin reato alguno todas las islas y los asentamientos aborígenes, en busca del oro de sus habitantes, masacrando mujeres y niños, con los que incluso cebaban a sus ya tristemente célebres perros de guerra, y esclavizando a los hombres sobrevivientes para surtir el pujante tráfico que prosperaba y hacía prosperar a una élite ambiciosa y sin escrúpulos que se apoltronó en La Española.
En el ínterin, ya famoso por sus hazañas, quien sería el primer adelantado, el hidalgo don Alonso de Ojeda, por recomendación de su protector, había regresado a Sevilla para gestionar y conseguir una primera capitulación de los soberanos católicos que, daría lugar a una serie de expediciones menores conocidas como los Viajes Andaluces y abriría definitivamente las puertas del continente a la conquista de sus territorios, en una nueva oleada de oportunistas y marginados europeos, en busca de su propia fama y fortuna. Venían con el los primeros cartógrafos, Juan de La Cosa y Américo Vespucio, que consolidarían la suya a la par de las rutas de los conquistadores.
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