Crónicas de la Resistencia. Prefacio.
Crónicas de la Resistencia.
Prefacio.
Muy poco se ha investigado acerca de la resistencia de los pueblos americanos originarios, al embate de la barbarie desatada tras el llamado descubrimiento del Nuevo Mundo, por la avanzada de la recién consolidada Corona Española que, al fin de cuentas resultó inmensamente favorecida con los beneficios de aquella empresa, considerada por casi todos en las cortes, descabellada. Expulsados los últimos moros andalusíes, tras la exitosa campaña de Fernando de Aragón en los territorios del sur de la península, su promotor, un oscuro genovés, había encontrado el momento oportuno para convencer en una audiencia definitiva, a la reina Isabel que, allí se pavoneaba frente a sus tropas victoriosa, después de la pírrica derrota de un ultimo califa en pie. En medio de la algazara y el jubilo, un único detalle discordante, pero para nada despreciable, impedía su regocijo pleno; ya no había botín de guerra, ni un solo maravedí en las exhaustas arcas reales, y los sobrevivientes a cuatro siglos de matanzas, apenas podían sobrevivir a la hambruna que amenazaba extenderse a todo el continente.
Los judíos sefardíes les habían acreditado hasta el ultimo gramo de riqueza que acumularon en cuatrocientos años y, los que no se convertían a la fe de los vencedores serían expulsados sin reato alguno, de todos los reinos unificados en las relucientes testas coronadas de Castilla y Aragón. Así que, sin tener otra cosa que perder, la soberana empeño sus ultimas alhajas y las rentas que pudieran provenir de aquella alocada expedición, con los agiotistas, potentados de las talasocracias vigentes que, dominaban los mares, los negocios y las finanzas europeas.
Una vez confirmada la posibilidad de llegar a oriente, yendo hacia el occidente, en una tierra definitivamente redonda, con el regreso del navegante en dos de la naos cargadas de riquezas, en especial una apreciable cantidad de joyas y ornamentos de los metales preciosos y las noticias de fabulosos tesoros y tierras pletóricas de especias, se desató una oleada que parecía desbordarse. Aparecieron armadores en todos los puertos y capitalistas dispuestos a financiarlos; tantos que hubieron de tomarse decisiones importantes de manera apresurada que, terminarían generando más problemas que soluciones.
En abril de mil cuatrocientos noventa y dos con las Capitulaciones de Santa Fe, había sido nombrado Virrey de todos los territorios que descubriese y Almirante de la mar Oceana don Cristóbal Colón, concediéndole prebendas y prerrogativas y un inmenso poder que produjo una fuerte oposición de los cortesanos. Para contrarrestar el maremágnum que produjo su regreso triunfal, sus altezas nombraron al frente de los Asuntos de Indias, al temido Cardenal don Juan Rodriguez de Fonseca, actor determinante en la conquista del Califato de Córdoba, mediante la implementación del Tribunal del Santo Oficio que, pretendió borrar de la faz de la tierra hasta el ultimo vestigio cultural de los moros en la península, con la conveniente excepción de los tratados de medicina, los acogedores alcázares y sus baluartes.
Muy pronto una segunda expedición estaba sobre la mesa pero, solo llegaría un año después al primer asentamiento; establecido con los restos de la encallada Santa María, el fuerte de La Natividad; para encontrar solo sus ruinas. Avezado cortesano, con la excusa de su magnitud y las dificultades inherentes a su armadura, el jerarca católico dilató cuanto pudo su partida. No obstante, con dos naos capitanas y diecisiete carabelas, una tripulación de unas mil quinientas personas; que incluía los infaltables curas doctrineros, notarios y escribanos, algunas mujeres y artesanos de todos los oficios- con la misión de consolidar la primera colonia en las llamadas Indias-, a don Juan de la Cosa y el florentino Américo Vespucio encargados de mapear las rutas y las costas de los territorios, y entre otros oficiales reales el protegido de Rodriguez de Fonseca, don Alonso de Ojeda; finalmente zarpó a finales de septiembre de mil cuatrocientos noventaitres.
Para entonces, quizás por la tardanza, algunos de los que esperaban el regreso del almirante, dieron rienda suelta a sus bajas pasiones, cometiendo abusos en contra de las mujeres aborígenes y saqueando sus asentamientos a pesar de que disfrutaban de su hospitalidad. En respuesta sus guerreros los asediaron hasta que murió el ultimo y prendieron fuego al improvisado baluarte. No hubo sobrevivientes a excepción de unos pocos que se integraron al llegar. Ante el desolador panorama, el almirante ordenó buscar el sitio adecuado para un nuevo asentamiento fortificado y la primera campaña de conquista y cristianización en las islas, a sangre y fuego, con la bendición de la Providencia.
Las investigaciones calculan cifras aterradoras como resultado de aquella cruzada, porque con la excusa de la evangelización; compromiso de los reyes con el Vaticano que los apoyaba; con la cruz como símbolo, se inició un genocidio que aun hoy continua. Dicen los expertos que había más de sesenta millones de habitantes en el continente, diseminados en pueblos y naciones enteras, desde Alaska hasta la tierra del fuego, a la llegada de los europeos. Dos décadas después, al consolidarse el "imperio donde nunca se pone el sol" en cabeza de Carlos V, de las decenas de miles de naturales del caribe y las costas adyacentes, solo se censaron unos cientos de sobrevivientes, esclavizados o en la más abyecta servidumbre.
Sin embargo, selva adentro, arriba en las montañas, los rebeldes; aquellos que comprendieron la verdadera naturaleza de los invasores; iniciaron las gestas de resistencia que, permitieron la preservación de las culturas, los saberes y las tradiciones ancestrales. Hoy renacen y aportan a la consolidación de las naciones en ciernes, apoyados por los primeros gobiernos progresistas. Vamos a indagar aquí acerca de su devenir.
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